Todo comenzó como un proyecto escolar que fue robusteciéndose, la idea nació con unas alumnas de Ingeniería en Biomédica, posteriormente, el proyecto fue heredado a Víctor Alejando Anaya Mosqueda, estudiante de la carrera de Ingeniería en Automatización.
“Es una silla de ruedas inteligente que responde a través de señales electromiográficas (EMG), que son señales eléctricas que dan los músculos para moverla. Además de ser un proyecto académico, nace de la necesidad de ayudar a personas que tienen una falta de autonomía, específicamente de personas que tienen enfermedades neurodegenerativas y no tienen la facilidad para moverse por sí solas”, nos explica.
La silla cuenta con un “algoritmo de inteligencia artificial, así como una red neuronal profunda, la que clasifica los gestos de la mano, son cinco para mover la silla: un puño cerrado que significa ir hacia adelante, la extensión de la mano es para que la silla se mueva hacia atrás, el dedo pulgar y el dedo meñique extendido para que gire hacia la derecha y juntar el dedo pulgar y meñique para que gire hacia la izquierda. Mientras que la mano en reposo, no haciendo ningún tipo de fuerza es para que la silla no se mueva”.
Los estudiantes decidieron colocar siete electrodos en la parte del antebrazo: “estamos registrando tres músculos específicos del antebrazo que es el extensor y flexor común de los dedos y el flexor común del dedo pulgar. Un electrodo de referencia. Con estos tres canales del sistema de adquisición podemos identificar qué tipo de gesto se está haciendo y en el sistema de control podemos calcular la velocidad a la que queremos que la silla de ruedas se mueva”.
Dependiendo del impulso de los dedos y de la mano, débil o firme, se traducirá en el sistema de marcha con un avance lento o rápido, personalizado para las necesidades cada usuario:
“Nuestra motivación son las necesidades de los pacientes con ciertas enfermedades neurodegenerativas que van perdiendo con el paso del tiempo la movilidad, no tienen la misma activación muscular. Ahí entra nuestro algoritmo de lógica difusa que clasifica el tipo de fuerza para que sin importar si es usada por un niño, un adulto o una persona mayor, la silla responda a cada paciente en específico. Se va a adaptando al paciente y siga usándola el resto de su vida, sin necesidad de desecharla o de cambiarla”.
Actualmente el prototipo está en desarrollo, se realizaron mediciones con 40 pacientes (varones y mujeres). Ya comenzaron los trámites para patentar la silla, misma que se adapta al contexto urbano de México. Es decir, supera obstáculos como banquetas que tienen relieves a causa de las raíces de árboles, baches o rampas que no están parejas.
“No existe una silla de ruedas que se controle con las señales MG y Lógica Difusa, hay sillas que se controlan con señales encefalográficas (cerebrales), entonces sí podemos patentarlo”.
La silla que trabaja con baterías de litio cuenta con un sistema de seguridad para garantizar la integridad del paciente ante cualquier falla en el motor o accidente como corto circuito. Por lo pronto, el proyecto de Víctor Anaya (22 años) y de su compañera Cynthia Zúñiga Castillo (23 años) no existe ningún proyecto similar en el mundo. Aunque ni siquiera está en etapa de experimentación, el producto ya despertó la atención de centros de investigación y empresas desarrolladoras de tecnología biomédica.
Con humildad los jóvenes externan su agradecimiento a sus asesores de tesis: el director Juvenal Rodríguez Reséndiz, el co-director Marco Romo Avilés, profesores y toda la sociedad de alumnos de la Facultad de Ingeniería (SAFI), además fisioterapeutas que han brindado asesoría: “Es un proyecto multidisciplinario que ha requerido la participación de muchas grandes mentes”.
Texto: Adriana Luna / Foto: Especial

















