Isaac Eleazar Hernández Fernández es el mejor bailarín del mundo. El deleite de danzar y volar es la esencia de estar vivo. Sueña con que la danza logre verdaderos Despertares y esté al alcance de todos los mexicanos.
En Guadalajara corría el año 1990, cuando en pleno Día del Niño, Isaac hacía sus primeros movimientos para conocer el mundo. Héctor y Laura, sus padres – bailarines de ballet clásico, como profesión -, lo esperaban con enorme anhelo.
“Bailar es la versión más honesta posible de tu vida. Es muy especial, poder sentir que tu cuerpo no tiene limitaciones, que puede saltar y de cierta manera controlar la manera en la que el público percibe el paso del tiempo. ¡Es muy especial! Definitivamente para bailar bien se necesitan tres cosas, tres entes (cuerpo, mente y espíritu) para poder vivir una función especial”, nos confía.
Los aplausos y triunfos que Isaac Hernández, el mejor bailarín del mundo, cosecha en cada presentación, no son sólo para él, su familia y los miembros de la danza contemporánea, es también para los futuros bailarines. Isaac es inspiración para miles de pequeños que se emocionan con las bellas artes.
“Me gusta pensarlo de vez en cuando porque me recuerda la responsabilidad que eso conlleva y lo importante de seguir trabajando para seguir siendo referente, seguir viviendo momentos históricos para dejar precedente para estas generaciones. Que puedan soñar y sus sueños ya no parezcan tan imposibles. Me gusta pensarlo y recordármelo constantemente”.
Isaac recuerda cuando de pequeño quedaba estupefacto al ver los movimientos del bailarín argentino Julio Adrián Lojo Bocca, en el Royal Ballet de Londres, el Bolshoi de Moscú, el Kirov de Leningrado, La Scala de Milán, Zarzuela de Madrid, el Ballet Real Danés de Dinamarca, el Ballet de la Ópera de Oslo, el Ballet de Stuttgart de Alemania, el Ballet de la Ópera de París y el Teatro Colón de Buenos Aires. Julio Bocca llegó a ser director y maestro de ballet.
Hoy el argentino sigue presente en la vida de Isaac Hernández, como bailarín profesional y como padre, que observa en su pequeñito talento nato.
“Justo ayer estaba viendo videos de este bailarín que es Julio Bocca, me gustaba mucho verlo bailar. Justo preparándome para mi debut en el Met (Metropolitan) y justo estaba conmigo mi hijo Mateo en los ensayos y viendo las clases. Es algo que parece un sueño, porque finalmente, es como si todo desde el principio hubiera tenido mucho sentido (ríe). Verlo así, llegado el punto en el que literal, he usado las botas de Julio Bocca para hacer mi debut en el Metropolitan Opera House. Es muy interesante cuando la vida sucede de esa manera y cuando sientes que estás viviendo ese sueño que construiste desde pequeño”.
Para Hernández no hay sacrificio alguno en su carrera -como el dejar su terruño o actividades deportivas que le encantaban- prefiere considerarlas como decisiones que si bien fueron difíciles en su momento, había prioridades y no podía permitirse el lujo de poner en riesgo su integridad física y mucho menos su sueño de convertirse en bailarín profesional de talla internacional.
“Yo no lo considero como un sacrificio porque al final es un gran propósito y es muy útil cuando eres joven, cuando eres niño, sentirte apasionado por algo. Sentir que tienes una vocación, que estás desarrollándote, creciendo, madurando en algo que te hace feliz y te apasiona. Supongo que para mí han sido prioridades, más que sacrificios. Hay decisiones que son difíciles. Yo tenía muchos intereses, antes de dedicarme de lleno al ballet, muchos de ellos los tuve que dejar, como patinar, artes marciales… Eran decisiones conscientes que tomaba, para alimentar mi propósito y lo que me apasionaba y me hacía feliz”, detalla.
Haber descubierto su vocación desde su tierna infancia, también lo considera como un privilegio porque le permitió concentrarse en pulir sus talentos, lo que le ha llevado a pisar los escenarios más importantes del mundo.
“Yo nunca me voy a quejar de haber encontrado una vocación desde pequeño porque me da la posibilidad de imaginarme completamente diferente en unos años y de encontrar una vocación totalmente diferente o crecer en diferentes sectores. Los tiempos de las personas son fascinantes y muchas veces nos limitamos a ciertos patrones estructurados”.
Isaac ha sido instruido por personajes míticos de la danza contemporánea, ha construido una carrera profesional extraordinaria. Sin embargo, está consciente que la vida del bailarín tiene su caducidad, aunque con disciplina intenta alargar la vida útil de cada uno de los músculos de su cuerpo y disfrutar de su pasión lo más que le sea posible.
“Todo depende, por ejemplo, uno de los bailarines más importantes de nuestra generación es Roberto Bolle (italiano) acaba de cumplir 50 años, y sigue siendo el bailarín principal Royal Ballet de Londres y La Scala de Milán, tiene un grandísimo desempeño artístico en este momento de su carrera”
“Estas generaciones somos mucho más privilegiadas que antes, tenemos mayores cuidados, nuestra carrera es un poquito más larga. Es algo en lo que siempre he estado pensando desde chico, a mí me interesa saber qué puedo hacer, algo más allá de los escenarios. Y que mis posibilidades son ilimitadas. Me gusta mucho pensar que puedo ayudar a que mi profesión y mi industria siga siendo relevante y llegando a nuevos públicos y creando ecosistemas que permitan a nuevas generaciones desarrollar esta vocación y de una manera u otra defender el trabajo, la excelencia”.
Visualizando escenarios futuros, lo que anhela Isaac no sólo es abrir camino para los próximos bailarines sino para que se concreten políticas públicas que permitan que niños y adolescentes mexicanos acceder a las bellas artes. Como el hoy primer bailarín del American Ballet Theater en Nueva York, soñó cuando era niño, y junto con sus hermanos, ensayaba en el patio de su casa en la colonia Seattle de Zapopan. Que las infancias desde preescolar tengan vínculo estrecho con la música, la danza, el teatro, que reciban entrenamiento profesional para que en unas décadas México sea semillero de talentos de primer mundo.
Texto: Adriana Luna
Fotos: Cortesía Isaac Hernández

















