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Pidió dinero para comprar cigarros, le dieron un bote de flores y brotó un negocio generacional

José Martínez era un joven veinteañero, le pidió a doña Félix, su madre dinero para comprar cigarros, pero ella lejos de entregarle unas monedas, le dio un bote de flores para vender.

José Martínez era un joven veinteañero, le pidió a doña Félix, su madre dinero para comprar cigarros, pero ella lejos de entregarle unas monedas, le dio un bote de flores para vender.

Hay decisiones espontáneas que cambian el destino de generaciones enteras. Con la familia Martínez hace siete décadas la historia cambio, las flores llevan abrazando tres generaciones.

Doña Félix nunca se imaginó que en lugar de incitar a su hijo al vicio del tabaco, se convertiría en la pieza clave para que brotara un negocio que sacaría adelante a tres generaciones.

Su respuesta fue simple, le dijo a José: «¿Qué cajetilla de cigarros? Agarre ese bote de flores y véndalo». A regañadientes su hijo José obedeció, salió a la calle, y al final del día, llevó a casa lo suficiente para «el chivo», garantizando la comida del día.

Aquel primer bote de flores se transformó pronto en una vocación y en un sustento de vida. De vender de bote en bote, José pasó a construir un modesto carrito de madera con el que recorría los tianguis y panteones de Zapopan.

Su empeño lo llevó años más tarde a expandir su labor y establecer locales florales en diversas zonas de Zacatecas y Jalisco.

Hoy en día, esa herencia florece a través de su hijo Francisco Martínez Rodríguez, quien ronda los 50 años y mantiene viva la tradición familiar vendiendo sus arreglos en el cementerio de Altagracia y los panteones de Zapopan.

«Mi jefe ahorita tendría unos 75 años de edad. Empezó a recorrer los tianguis de Zapopan y el panteón municipal. Ya después puso florerías en Zacatecas. Nomás que por andar de viejero tronó. Sí, porque cuando se expandió puso florerías en Juchipila, Jalpa, Villanueva… puso como seis o siete florerías en diferentes pueblos», nos explica Francisco mientras elabora arreglos florales naturales y de material sintético.

Para don Francisco, las flores no son un simple adorno estético; representan la dignidad del trabajo que ha alimentado a los suyos por más de 70 años.

La historia de los Martínez es también un testimonio de amor y aprendizaje compartido en el hogar. La esposa de don Francisco llegó al negocio sin saber nada sobre floricultura; sin embargo, a base de observación y práctica diaria, aprendió a confeccionar arreglos de gran belleza, una destreza empírica que hoy transmite a su propia hija.

Le preguntamos a Francisco ¿cuál es el secreto profesional para mantener vivo por semanas un ramo de flores naturales?

«No les crea que la aspirina o el azúcar. No, mejor me hago un agua de limón porque muchos dicen que le eche limón y poquita azúcar; mejor me la tomo (nos dice entre carcajadas). El cloro es nomás para que el agua no se apeste. Es nomás para eso. Pero pura agüita, cambiarla y con eso».

Siete décadas después del regaño maternal de doña Félix, el aroma a flor fresca sigue impregnando la cotidianidad de los Martínez. Frente a la memoria de quienes ya descansan en el cementerio, su labor diaria no solo embellece los recuerdos, sino que honra la historia de una dinastía de floristas que nació por azar, a partir de un bote de flores y la sabiduría de una madre.

Texto y Fotos: Adriana Luna

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