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El arte de dibujar Zapopan

Los primeros trazos de varios niños zapopanos es precisamente su ciudad. El maestro de dibujo, Bolívar Rodríguez, se encarga de enseñarles a ver su mundo desde otro ángulo, aprovechando su inagotable imaginación. Los pequeñitos prefieren levantarse temprano e ir al taller comunitario donde el arte se vuelve su refugio familiar.

Los primeros trazos de varios niños zapopanos es precisamente su ciudad. El maestro de dibujo, Bolívar Rodríguez, se encarga de enseñarles a ver su mundo desde otro ángulo, aprovechando su inagotable imaginación. Los pequeñitos prefieren levantarse temprano e ir al taller comunitario donde el arte se vuelve su refugio familiar.

«Prefieren estar aquí dibujando, que estar, por ejemplo, en casa viendo televisión o jugando en el celular», nos explica el profesor, convencido del poder transformador del arte en la vida cotidiana de las personas.

Todos los domingos hay un trazo distinto en la Vía Recreactiva en el fraccionamiento Tabachines, de Zapopan. Se ha vuelto tradición ir en familia para aprender a dibujar, mientras se alegra el ambiente con música infantil. Se le pone una pausa al ajetreo cotidiano y la misión es disfrutar y alimentar la pasión por el arte del dibujo.

Bolívar Rodríguez, es un apasionado maestro de dibujo que con paciencia y dedicación, da vida a este taller comunitario. No solo enseña técnicas artísticas básicas como el grafito, el carboncillo, la sanguina y la tinta china, sino que se ha convertido en un espacio vital para el ejercicio de los derechos culturales de las infancias y la comunidad zapopana.

El aula dominical es el parque, recuperando el espacio público para la gente. Se activa desde las 10:30 de la mañana y cobija una asombrosa pluralidad de realidades. Entre las miradas concentradas destaca la de una pequeña de apenas cinco años, el extremo más joven de un arco generacional que alcanza hasta una alumna de 75 años.

«La edad no es una barrera. Es una oportunidad para el crecimiento común. El margen es prácticamente para todas las edades», comparte el maestro, quien recibe semana tras semana a unos diez alumnos constantes que dan vida a sus propias ideas sobre el papel.

Desde la perspectiva del derecho humano a la recreación, al sano esparcimiento y al desarrollo de la personalidad, este taller en la colonia Tabachines representa un oasis artístico. En un contexto donde el ocio suele limitarse a la televisión o a la monotonía del hogar, la clase propone un reencuentro con el autoconocimiento, la imaginación y el disfrute sano. Al taller acuden incluso trabajadores de empresas cercanas que encuentran en el dibujo una forma indispensable de desestresarse y experimentar algo diferente.

 Uno de los pilares más profundos de esta iniciativa es su carácter plenamente inclusivo. Consciente de que los costos económicos suelen marginar a las personas del acceso a la cultura, el maestro Bolívar se encarga de proporcionar la totalidad de los materiales en el taller, asegurando que la falta de recursos no sea un impedimento para crear. Aunque algunos alumnos eventualmente adquieren sus propios materiales para seguir practicando en casa, la puerta y el apoyo del taller permanecen siempre abiertos.

La pasión de Rodríguez no se improvisa. Aunque asume con naturalidad la llegada de nuevos rostros y adapta el ritmo de trabajo según las circunstancias, el docente dedica parte de su semana a estructurar y preparar detalladamente cada lección para alumnos principiantes, intermedios y avanzados. Tras cuatro meses de labor constante, los frutos son innegables: el taller no solo ha transformado los domingos de la colonia, sino que ya ha impulsado a talentos locales que han logrado exponer su obra en otros lugares y asumir el arte de manera profesional. Al ver la calidad de los trabajos que entregan los alumnos y su compromiso con el dibujo, el maestro alimenta su deseo de regresar cada domingo. La comunidad abraza este proyecto con calidez, el dibujo artístico se revela no como un lujo, sino como un derecho humano ejercido con el corazón, trazo a trazo.

Texto y Fotos: Nancy Luna

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